El mejor de los caminos

El mejor de los caminos

Era desempolvar la bici aparcada en el trastero para ir al trabajo haciendo ejercicio. Era bajar la basura por la noche sin miedo, improvisar una tarde de sábado. Era ir a buscar a los hijos al colegio sin poner en riesgo la vida de unos cuantos chavales. Era ir a dar a luz al hospital con la compañía de quien eligieras, no de tu escolta. La paz era esto, sí. Y todavía cuatro años después quienes impedían cosas tan simples siguen sin desaparecer. Todavía hay quien empieza a asumir que aquel fue el peor de los caminos.

En aquel jueves otoñal, ETA anunció que dejaba de matar, de extorsionar, de secuestrar, de amenazar. Y rindió homenaje a los terroristas que habían participado en esos crímenes, en ese amordazamiento, en ese miedo. Nadie de buena fe podría esperar de ellos un reconocimiento del daño causado. No en aquel momento. No como organización, aunque algunos, unos pocos, individualmente, ya lo estaban haciendo. Y esa conexión entre la asunción de su derrota, que es lo que fue aquel comunicado, y la glosa a su trayectoria sembró de emociones encontradas a las víctimas. El alivio para tanta gente, el temor al olvido de quienes tanto han sufrido. Las dos cosas.

Los socialistas consideramos entonces urgente gestionar aquella situación y hacerlo con consenso. Con todos los agentes sociales y políticos. Con todos. Con la izquierda abertzale también. Se abría un nuevo tiempo, todos los vascos y vascas lo veíamos así. Y el lehendakari Patxi López ya había llevado un mes antes al Parlamento una propuesta con los mimbres de un posible acuerdo: pluralidad, derecho a convivir, memoria, reconocimiento público de las víctimas, desaparición de ETA, ruptura de los presos con la banda para su reinserción, política penitenciaria flexible.

Pero fue imposible. Ni siquiera hubo disposición para un acto simbólico conjunto. Ni una declaración parlamentaria que levantara la vista y mirara al futuro. De nuevo la inminencia de unas elecciones agarrotaba a los partidos. Con todo, unos meses después, la mayoría de la Cámara cosimos los mínimos éticos sobre los que construir algo: el principio irrenunciable de que ninguna causa política puede situarse por encima de los derechos humanos, y que es imprescindible el reconocimiento del daño causado y de la dignidad de las víctimas.

Y ahí estamos varados. Porque hay quien aún no asume que matar estuvo mal siempre, y que nada ni nadie debió legitimar el terror. Hay quien dice que se debe ir más allá, ser más audaz. Hemos comprobado, de hecho, muestras de voluntarismo en los últimos tiempos. Y siempre se encalla en el mismo sitio. Me pregunto a dónde se quiere ir, si todavía hay quien no sabe de dónde debemos partir.

Cuatro años y aún aquí. Sabíamos que no iba a ser fácil. Las lágrimas de alegría por un futuro a construir sin bombas; las lágrimas de la tristeza por las ausencias irreparables; las lágrimas que los socialistas derramamos a borbotones un par de días después en el Kursaal recordando a tantas víctimas y proclamando que éramos, por fin libres; las lágrimas contenidas en un sábado bilbaíno durante la despedida de quienes siempre tuvieron un gesto por la paz… Las lágrimas siguen ahí, aún brotan en cada aniversario y así seguirá siendo. Pero falta aún que quienes provocaron el lloro reconozcan que esas eran lágrimas que no se deberían haber derramado.

A nuestros hijos e hijas les contaremos que la violencia es siempre el peor camino, nos dice EH-Bildu. Sí. Tienen razón. Hay a quienes ya nos lo contaron nuestros padres y madres. Hay quienes elegimos defender nuestras ideas y proyectos sólo con la palabra. Hay quienes así se lo dijeron a sus hijos huérfanos, que no se tomaron la justicia por su mano. Tampoco cuando veían salir de la cárcel, tras cumplir las resoluciones dictadas por los tribunales, a los responsables de esa orfandad, recibidos con homenajes por los suyos. Tampoco entonces ni después optaron por el peor camino. También entonces y después, todos menos los victimarios y sus jaleadores, la inmensa asumíamos que las reglas en el Estado de derecho son ésas.

Hay quienes contamos ya hace tiempo a quienes nos siguen que la violencia no es atajo alguno. Lo entendieron. Lo que seguían sin entender es qué hacía la bicicleta aparcada en el trastero, por qué no se salía un sábado al cine, por qué sus padres o madres no les iban a buscar a la ikastola. Y porque fueron y fuimos inmensa mayoría los que no elegimos el peor de los caminos, porque combatimos con decisión el peor de los caminos, hace cuatro años ETA dijo que dejaba de matar. Le queda desaparecer y asumir que el que eligió fue eso, el peor de los caminos. El mejor sigue siendo el de la convivencia en libertad, asumiendo la pluralidad, asumiendo que todo el daño causado ha sido tan doloroso como inútil, asumiendo que Euskadi necesita a todos. En ese camino nos empeñaremos los socialistas vascos, en ese trayecto nos encontraremos con quienes comparten la misma ruta de país.

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